Me despertó el goteo rítmico del agua golpeando contra el suelo del dormitorio. El amanecer de un nuevo día. El estar a su lado. Me incorporé desafiando a la evidente resaca de la noche anterior, con cuidado de no despertarla, pues dormía plácidamente en su lado preferido de la cama. De espaldas a mí, me regalaba la desnudez de su espalda, la perfección de su pelo ondulado, el brillo de una piel que parecía barnizada por el amor que sentía hacia ella. "Sólo por esto vale la pena despertarse un nuevo día", pensé mientras mis pies buscaban con torpeza la abertura de las zapatillas. Hacía frío. Mucho frío. El recurrente goteo empezaba a desesperarme..."¿de dónde diablos viene ese ruido"?. Salí a la terraza semidesnudo, intentando despertar del todo, y por un momento logré olvidarme del ruido tan fastidioso que había conseguido desvelarme. Al volver a la habitación, volvió el goteo, y con él, volvió mi miedo... Anduve por toda la casa buscando alguna gotera. Miré en la cocina, los baños, el recibidor, la antesala, los dormitorios. Entonces me propuse revisar todas y cada una de las llaves de paso de la casa, lo cual no hizo sino incrementar mi ansiedad, pues mi búsqueda fue igualmente infructuosa. "Está bien, Vincent", pensé, "no debe ser en esta casa, seguramente será el vecino, o el bajante de alguna cañería del edificio. Hablaré con el administrador el Lunes." De modo que volví a mi dormitorio, con ella. Seguía tumbada boca abajo, con la espalda desnuda, con el pelo ondulado... a medida que me acercaba a ella el goteo se iba haciendo cada vez más intenso, más presente en mis oídos... y entonces me asusté. Hasta el punto de nublárseme la vista por unos instantes. Me detuve a los pies de la cama y encendí la pantalla de mi mesita de noche. Acerqué mi mano a su hombro para despertarla. Estaba helada. "Isabel, Cariño, Isabel despierta". Creo que fue en este momento cuando mi vida entera se partió en mil pedazos. Me retiré un instante, quedándome inmóvil en mi lado de la cama, tan petrificado que no me veía con fuerzas de rodearla . Pero no tenía elección. Mis atormentados ojos fueron barriendo su silueta mientras arrastraba mis pies por el frío suelo del dormitorio, sin parar de gritar su nombre, una y otra vez, cada vez más fuerte, hasta que por fin estuve a su lado. Acaso fue este el momento más violento de toda mi vida. No recuerdo haber vivido algo tan duro, tan injusto y doloroso, y tan impactante... Isabel sonreía tímidamente. Su brazo derecho colgaba por fuera de la cama, y el izquierdo permanecía sepultado bajo su cuerpo. La sangre que manaba de su muñeca derecha había formado un charco considerable, y aquél goteo tan fastidioso cesó en cuanto fui capaz de levantar su brazo. Anudé sus muñecas con la sábana, pero ya era tarde, demasiado tarde. Isabel sonreía con los ojos cerrados, tumbada boca arriba sobre una inmensa mancha de sangre. Cuando la abracé contra mi pecho volví a sentir aquel escalofrío que me invadió nada más despertarme, y cuando cerré los ojos, volví a escuchar aquél goteo tan fastidioso que tanto me atormentaba. Aún hoy, en ocasiones, cuando me acuesto, el goteo vuelve a mis oídos, y con él, ¡cómo no!, la imagen de una Isabel yaciente y serena, que nunca debió abandonarme del modo en que lo hizo. La carta de despedida la encontré días más tarde, en uno de los cajones de la cómoda. Aquella carta acabó por romperme el corazón...
